Historias

¡Maldito ascensor!

Una paciente vino a la consulta para perder peso, tenía sobrepeso desde su segundo embarazo y había bajado un poco por su cuenta, pero no conseguía volver a su peso anterior por más que lo intentaba.

Una vecina había perdido mucho peso y había bajado varias tallas de ropa haciendo mis dietas y por eso se había decidido a venir a la consulta.

Después de hacerle la historia y pesarla, le expliqué la dieta que tenía que hacer en las primeras dos semanas y le pregunté si tenía alguna duda de lo que le había explicado.

Se quedó un rato callada y me dijo que no tenía dudas sobre la dieta, pero que en realidad su objetivo principal era convencer a su marido para que hiciera dieta porque estaba en obesidad mórbida y no se decidía a perder peso, nunca era el momento apropiado.

Ella quiso que la acompañara para ver si se motivaba al verla a ella, que sólo tenía sobrepeso, intentando perder ese poco peso, pero se había quedado en el coche y no había querido entrar.

Estaba preocupada por la salud de su marido, lo veía empeorar día a día y no comprendía cómo él no se daba cuenta de que cada vez estaba peor. Cualquier esfuerzo físico lo dejaba hecho polvo, el solo hecho de levantarse del sillón ya le costaba trabajo, intentaba andar lo menos posible porque se cansaba de momento y tenía que pararse.

Lo peor eran las noches, roncaba una barbaridad y se despertaba sobresaltado muchas veces durante la noche. A ella no la dejaba dormir, había momentos que se asustaba porque le parecía que había dejado de respirar y otros que los ronquidos eran tan fuertes, que despertaba a los niños y ella tenía que tranquilizarlos y darle la teta al pequeño hasta que se durmiera.

Por las mañanas estaban los dos muy cansados por no haber descansado bien y durante todo el día les costaba mucho esfuerzo seguir con sus actividades, pero que su marido decía que el problema era su sinusitis crónica, que cuando tuviera tiempo iba a ir al médico para que le pusiera un tratamiento.

Me dijo que cuando nació su primer hijo, su marido y ella salían con el carrito todas las tardes a dar un paseo, pero que cuando nació el segundo tenía que salir ella sola o con una vecina a dar los paseos con los niños, porque su marido no podía andar y buscaba cualquier excusa para no acompañarlos.

Las pocas veces que los había acompañado tenían que pararse continuamente porque él se cansaba y no podía seguir. Si el niño mayor salía corriendo, era ella la que tenía que dejar el carro y correr a buscarlo. Su marido tenía que sentarse a descansar con mucha frecuencia y le decía que siguiera ella y cuando diera la vuelta entonces los acompañaba él.

Yo le dije que su marido seguramente tenía apnea del sueño y por eso no dormía bien, pero que debería hacerse una revisión médica para descartar otras patologías. Que como era lógico, le vendría muy bien perder peso, pero que si él no estaba convencido para hacer una dieta, lo convenciera, por lo menos para ir a su médico de cabecera y hacerse unos análisis de sangre.

Cuando vino a los quince días, también vino sola. Me dijo que su marido le dijo que iba a hacer la dieta con ella, pero que en realidad lo único que estaba haciendo eran las cenas. Porque se iba sin desayunar, almorzaba en la calle siempre y volvía a la hora de la cena. Que en esas cenas sí comía lo que venía puesto, pero que aparte añadía alguna chacina y algún postre dulce, porque decía que trabajaba mucho y necesitaba cenar bien.

Ella había perdido tres kilos y estaba contenta, pero dudaba de que él hubiera perdido algo, porque no lo veía dispuesto a corregir su problema; de hecho, no reconocía tener ningún problema. Decía que todo lo que tenía era estrés y que cuando tuviera las vacaciones se haría un chequeo médico para que ella se quedara tranquila.

Al mes siguiente también vino sola, pero me dijo que casi lo tenía convencido para venir, que estaba haciendo mejor la dieta desde hacía una semana.

Una tarde cuando él llegó, estaban arreglando el ascensor y no se atrevió a subir por las escaleras hasta el cuarto piso en el que vivían. La llamó a ella y le dijo que se quedaba en el parque hasta que arreglaran el ascensor, que le habían dicho que tardaban una hora.

Cuando subió, ella intentó convencerlo de que tenía que perder peso, diciéndole que si con treinta y pocos años no era capaz de subir las escaleras, qué iba a pasar cuando tuviera cincuenta o sesenta.

Él bromeó diciendo que ya estaba haciendo la dieta y que también estaba perdiendo peso, que era cuestión de esperar un poco más para notar la mejoría.

Por lo menos, a partir de esa noche comenzó a hacer mejor las cenas, sin añadir chacinas ni pan y dejó de tomar postres dulces. Pero se iba sin desayunar y seguía comiendo en la calle, donde ella pensaba que seguía comiendo de todo lo que se le apetecía.

Ella había perdido en ese mes cuatro kilos y estaba muy contenta porque estaba recuperando su ropa, pero decía que su alegría no era completa por la preocupación por su marido. Que iba a pedir cita para su marido para la próxima vez y lo tenía que convencer para que no buscara excusas y viniera al fin.

Al mes siguiente vino ya con su marido. Traían unos análisis de sangre en los que aparecían varios valores alterados; su médico de cabecera, al ver los análisis y explorarlo, le dijo que desde la última vez que él lo había visto había empeorado bastante y que tenía que darle un giro a su vida si quería evitarse muchos problemas.

Lo derivó al cardiólogo y, mientras tanto, le puso un tratamiento para la hipertensión arterial, otro para el colesterol y le dijo que hiciera una dieta para que perdiera peso, diciéndole que seguramente su obesidad era la responsable de todo lo que le pasaba.

Como su esposa estaba haciendo ya una dieta, decidió hacerla con ella y venir a la siguiente revisión. Se había asustado y estaba decidido a hacer todo lo posible para mejorar.

Ella ya había perdido diez kilos y podía empezar a hacer el mantenimiento, pero me dijo que no le importaba seguir haciendo la dieta con su marido, aunque de vez en cuanto se tomara algunas libertades, porque quería ayudarlo a él a hacerlo bien y aparte no estropear lo que había conseguido, se estaba poniendo ropa de antes de los embarazos.

Cuando ya se iban, ella me dijo que su marido se había decidido a hacerse los análisis e ir al médico porque se volvió a averiar el maldito ascensor. Pero esta vez la avería fue mayor y tardaron tres días en arreglarlo.

El primer día, él consiguió subir al piso con gran dificultad. Después de varias paradas y algunas risas de vecinos que iban detrás de él, llegó a casa en muy malas condiciones No podía respirar bien, estaba abofellado y su mujer quiso llamar a urgencias. Él se negó, pero tardó varios minutos en reponerse y no quiso cenar esa noche, no se encontraba bien.

Cuando llegó al día siguiente seguía averiado el ascensor y no se atrevió a subir. Cogió el coche y se fue a casa de sus padres, que vivían en un piso bajo. Desde allí llamó a su esposa y le dijo que se iba a quedar a dormir allí, porque no se atrevía a subir la escalera otra vez.

Ella al principio le dijo que se viniera a casa, pero después recordó lo mal que llegó el día anterior y le dijo que era mejor que se quedara allí.

Su padre, al escucharlo hablar, le insistió en que fuera al médico, que era muy joven para estar ya en esas condiciones y que no iba a llegar a viejo y, si llegaba, iba a hacerlo en unas condiciones que hubiera sido mejor no llegar. Mientras, su madre le pidió cita para el médico y le dijo que a la mañana siguiente a primera hora tenía que ir al centro de salud.

Al día siguiente, fue a la cita del médico, que le pidió unos análisis y le dijo que tenía que perder peso. Los días que estuvo en casa de sus padres, hizo la dieta perfectamente porque su madre llamaba a la nuera para que le dijera lo que tenía que ponerle, lo obligó a venir a almorzar cada día y lo mentalizó de que tenía que cambiar muchos de sus hábitos.

Lo que su esposa no había conseguido en varios meses, lo consiguieron en tres días sus padres y un maldito ascensor.

Firmado: Julio B. Romero Redondo (El médico de Castilblanco)

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