Historias

Las drogas

Una paciente vino a la consulta porque quería perder peso, animada porque una vecina estaba perdiendo muchos kilos haciendo mis dietas y le había dicho que no había que pesar los alimentos y que no se pasaba hambre.

Pero en la primera consulta reconoció que ella no tenía muchas ganas de ponerse a hacer dieta ahora, antes de las navidades, que prefería esperar a que pasaran las fiestas. Pero su marido y su hija la habían convencido para que empezara ahora.

Yo le dije que cuando hace falta perder peso, hay que hacer dieta aunque vengan fiestas. No podemos esperar a que pasen las fiestas porque durante las fiestas seguiríamos engordando y después nos costaría más trabajo perder los kilos que nos sobran.
El marido asintió con la cabeza y dijo:

Siempre que tiene que ponerse a dieta, lo quiere dejar para más adelante, para mañana, para el próximo lunes o mejor, para cuando pasen las fiestas. Y no se da cuenta que cuando al fin empieza la dieta, pesa bastante más y la meta cada vez estaba más lejos.

Ella reconoció que eso era verdad, que siempre le había pasado lo mismo. Pero que lo peor de todo era que cuando al final comenzaba la dieta, empezaba perdiendo peso y en cuanto notaba que la ropa le quedaba mejor, bajaba la guardia y volvía a meter la pata.

Empezaba comiéndose algunos bombones de chocolate, que para ella eran como una droga. Y luego, poco a poco iba añadiendo picos, pan, galletas, y luego pasteles. Como dejaba de perder peso, aunque siguiera comiendo verduras y cosas a la plancha, se desmotivaba y abandonaba la dieta.
Entonces dijo que ahora iba a ser distinto, porque era consciente de su problema con los bombones y estaba decidida a corregirlo. Además, había hecho una promesa a una persona muy querida, y la había roto nada más hacerla. Pero luego volvió a hacerla, la estaba cumpliendo y pensaba seguir así, le costara lo que le costara.
Al decir esto, se le saltaron las lagrimas y tuvo que dejar de hablar. El marido le dio un pañuelo y me contó que la primavera pasada había ocurrido una cosa en su familia que les causó mucho dolor y angustia.

Una mañana, los llamó su cuñada diciendo que su hijo les acababa de pedir ayuda porque estaba enganchado a la heroína y quería dejarlo y no sabían que hacer para ayudarlo. Intentaron tranquilizarla, pero fue imposible.
Se fueron rápidamente para su casa para enterarse bien del problema y ayudar en todo lo que pudieran, porque ese sobrino era como un hijo para ellos.

Estuvieron allí toda la mañana llamando por teléfono a muchos sitios hasta que a mediodía, después de consultarlo con un amigo médico, decidieron ingresarlo ese mismo día en un centro privado, que éste les había recomendado. Los padres tuvieron que pedir un préstamo, porque no sabían el tiempo que tendría que estar allí su hijo.

Afortunadamente, todo fue bien y a los seis meses salió del centro y toda la familia se reunió para celebrarlo. Eran conscientes de que el problema siempre iba a estar presente, pero confiaban en la fuerza de voluntad de su sobrino y en los informes del centro, que eran optimistas.

Durante esa celebración, mi esposa se acercó a su sobrino y en tono paternalista le estuvo dando consejos durante un buen rato, hablando de la heroína, como si ella supiera algo de ese mundo, cuando en realidad no tiene ni idea de lo que es.

El sobrino la estuvo escuchando educadamente sin decir nada, pero cuando ella dejó de hablarle, el sobrino la miró y le dijo en un tono calmado:

Tita, ¿tú cuanto tiempo puedes estar sin comer bombones?

Ella sonrió y le dijo que ella podía dejarlo cuando quisiera, que lo tenía todo controlado y que no era ningún problema dejar los bombones. Que le prometía que a partir de ese día no iba a comer más bombones.
Cuando volvían a casa, el marido le dijo:

Vaya patada en la espinilla que te ha dado tu sobrino, te ha dicho que él está consiguiendo dejar la heroína y tú no eres capaz de dejar los bombones.

Ella protestó diciendo que le había prometido que los iba a dejar y pensaba cumplir su promesa. Que ya vería él cómo no volvía a comerse ningún bombón más.

Cuando llegó a casa, se puso el pijama y fue al cuarto de baño, al salir se dirigió al mueble del salón y cogió un bombón, cuando estaba empezando a comérselo se giró y vio que el marido la estaba mirando sin decir nada.
Se sacó el bombón de la boca, lo tiró al cenicero y empezó a llorar sin consuelo. Al cabo de un rato, se tranquilizó y le dijo al marido que lo había hecho sin pensarlo, que no se había dado cuenta de lo que estaba haciendo y que tenía que conseguir dejar los bombones.

Volvió a prometer que iba a dejar los bombones por su sobrino y dijo que se iba a poner a dieta para perder los kilos que le sobraban y dejar de comer de todo lo que no le venía bien. Aunque al día siguiente dijo que era mejor empezar la dieta cuando pasaran las fiestas y tuvieron que volver a motivarla y pedirle el teléfono de la consulta a la vecina para pedir cita rápidamente.

Consiguió perder algo de peso durante las navidades, a pesar de las comidas familiares y de algún que otro dulce, pero no comió bombones. En los meses siguientes fue perdiendo peso, aunque menos de lo esperado.
Le expliqué que tenía que dejar de comerse los picos y las galletitas que se tomaba por las tardes y las noches porque, aunque fueran integrales, tenían harina y la estaban frenando en la pérdida de peso.

Poco a poco, consiguió dejar los picos integrales y las galletitas, porque se dio cuenta que los estaba usando como sustitutos de los bombones y así nunca iba a desengancharse. Entonces, empezó a perder bastante más peso y consiguió llegar al mantenimiento.

Comprobó que se estaba manteniendo cerca de su peso y que lo que subía los fines de semana, lo perdía fácilmente en los días siguientes. Entonces, empezó a comerse algún dulce de postre en los fines de semana y comprobó que seguía perdiendo durante la semana lo que había subido. Pero sólo se lo tomaba en las comidas en la calle, nunca en casa ni entre semana. No quería tener en casa bombones, ni ninguna otra…. droga.

Firmado: Julio B. Romero Redondo (El médico de Castilblanco)

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